En Viña del Mar, donde más de 330 mil personas habitan una estrecha franja entre el océano y la cordillera de la Costa, la verticalidad se ha vuelto inevitable. La presión inmobiliaria sobre los sectores planos empuja las obras hacia las laderas y obliga a resolver sótanos cada vez más profundos en terrenos con memoria sísmica. El terremoto de 2010 —y antes el de 1985— dejó claro que una excavación mal contenida en las terrazas marinas de la ciudad puede colapsar por licuefacción diferencial o por empuje hidrostático en napas colgadas. Abordar un estudio de estabilidad de taludes antes del primer movimiento de tierra no es una formalidad administrativa: es la única forma de anticipar cómo se comportará la arena limosa cementada del plan viñamarino cuando se le quita confinamiento lateral durante 15 o 20 metros de profundidad.
Una excavación profunda en Viña del Mar sin modelación acoplada fluido-mecánica es un riesgo que ninguna póliza de seguro cubre después del sismo de diseño.



